Estamos en el mes en el que reivindicamos las luchas de las mujeres, un momento para recordar que durante décadas hemos luchado por ocupar espacios que antes nos fueron negados: estudiar, tener independencia económica y decidir sobre nuestra propia vida. Sin embargo, entrar al mundo laboral no siempre ha significado hacerlo en condiciones de dignidad.
Desde la Colectiva de Mujeres Rosa Luxemburgo (CROL), queremos decir algo con claridad: la violencia en el trabajo no siempre son gritos o golpes; a veces es silenciosa, se disfraza de “reglas de la empresa” y termina rompiendo nuestros cuerpos.
¿Cómo identificar la violencia contra las mujeres en el trabajo?
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Para defendernos, primero hay que ponerle nombre a lo que vivimos. La violencia de género en las fábricas y oficinas se manifiesta de muchas formas:
- Violencia Psicológica: Cuando te humillan frente a tus compañeros, te vigilan de forma excesiva, o te amenazan con despedirte si no “aguantas” ritmos imposibles.
- Violencia Física: No solo son agresiones directas. También es obligarte a realizar tareas repetitivas, no brindarte equipo de protección ni descansos.
- Violencia Sexual: Desde comentarios “de broma” sobre tu cuerpo y miradas lascivas, hasta insinuaciones sexuales de supervisores a cambio de permisos o un trato “preferencial”.
- Violencia Económica: Cuando te pagan menos que a un hombre aunque realicen el mismo trabajo, o cuando te descuentan bonos injustamente por haber pedido una incapacidad médica. No acceder a puestos de mayor rango jerárquico debido a estereotipos de género que asocian a las mujeres con trabajos de cuidado.
- Violencia Estructural e Institucional: Es cuando la empresa oculta accidentes de trabajo, y los cambia por “enfermedad general” para no pagar el sueldo completo, o despedirte porque tu cuerpo, tras años de esfuerzo, ya no “rinde” igual.
El caso de Rosa: Una realidad que se repite en la maquila
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Lo que vivió Rosa en Ciudad Juárez es el reflejo de lo que enfrentan miles de mujeres en la industria. Las maquilas suelen contratarnos bajo la idea de que tenemos “mayor destreza” o “paciencia”, pero detrás de ese discurso se esconde una explotación que nos enferma.
La historia de Rosa es una suma de estas violencias:
En 2010 Rosa sufrió un accidente en el trabajo que dañó su columna. El IMSS no lo reconoció como accidente de trabajo si no como “enfermedad general”. ¿Qué significa eso? Que en lugar de pagarle el 100% de su salario durante la incapacidad, sólo recibió el 60%, y la empresa evitó responsabilidades y posibles sanciones.
Después de varias cirugías, ir y regresar de incapacidades, en 2016 aceptó su liquidación por la presión de sus superiores.
En 2025 buscó empleo nuevamente. Por miedo a no ser contratada, no mencionó su lesión. Semanas después, su cuerpo volvió a resentirse. Avisó a su supervisor y, en vez de apoyo, recibió el despido por “no informar” su estado de salud.Contactó a la Colectiva de Mujeres Rosa Luxemburgo, quienes la acompañaron en su caso contra la empresa ante el Centro de Conciliación Laboral, donde finalmente obtuvo una indemnización por despido injustificado.
Eso también es violencia: castigar a una trabajadora por las secuelas que el propio trabajo le dejó en el cuerpo.
¡Informarte es protegerte!
Aunque a veces parezca que la empresa tiene todo el poder, en México existen leyes y convenios internacionales que nos respaldan:
- Constitución Política: Garantiza tu derecho a un trabajo digno y salario justo.
- Convenio 190 de la OIT: Obliga al Estado a erradicar la violencia y el acoso en los espacios laborales.
- Ley Federal del Trabajo: Prohíbe cualquier tipo de discriminación o maltrato.
- NOM-035: Exige a las empresas prevenir el estrés y la violencia laboral.
No estás sola
Si te sientes identificada con la historia de Rosa o estás viviendo alguna de las violencias que mencionamos:
- No firmes nada bajo presión. Si te intimidan o te encierran en una oficina, di que necesitas tiempo para revisarlo con calma.
- Busca apoyo. En la Colectiva de Mujeres Rosa Luxemburgo (CROL) te ofrecemos acompañamiento gratuito.
Acercarte a nosotras no te obliga a demandar, pero sí te da las herramientas para que tú decidas qué quieres hacer con tu futuro. ¡Tu salud y dignidad no tienen precio!
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